lunes, 24 de octubre de 2016

Visitante demencial

No hay lugar donde ir, no hay lugar donde esconderse. Ojalá pudiera encontrar un lugar tan fantástico como absoluto, tan eterno como intangible para poder sacudir de mi cuerpo toda esta desesperada gana de verte. Es el deseo lo que nos impulsa y la abstinencia lo que nos comanda. Pero la sed de ser, esa sed de sentir el paso tuyo sincronizado con el mío, de escaparse del suelo para flotar como alma solitaria despojada del descanso eterno. Sed de ser. De ser algo más que el amor, ser el instinto intrépido y avasallante que en la penumbra resplandece, y el lago contento de su suerte, brilla sin dudar. Esa sed es la distopía de esta vida.
Miro a lo lejos y tus ojos como descuidados de su encanto me ven, me seducen. Esa mirada canábica de rasgos finos y cargados de pasión, esa mirada que no penetra, induce. Esta ahí, esperando vaya uno a saber que cosa. Porque ni yo atiendo mis esfuerzos aún reprimidos de resurgir este aletargado vuelo, ni vos esperas una señal de vida, de latencia o de persistencia de este resignado cantautor de sus miserias. Sin embargo llega a mi desde lejos, muy lejos una mirada soslayante. No me animo a expresarlo en medidas de distancia, sabemos que eso de las distancias a la luz del real amor es relativo. Esa mirada inductiva y persuasiva de mi coherencia busca redimir todos los males de este mundo. Mundo en el que llueve de costado, el pájaro suele cantar de noche y dormir de día y el sol, viejo amigo, se esconde en los momentos en que me lleno de pasado y te evoco, te dibujo el rostro en rostros ajenos, te veo de espaldas en cualquier cuerpo y, sobre todo, te siento brillar. En medio de la calle cruzando Caseros con dirección a Brasil o subiendo al colectivo en plaza Miserere.
Yo creo que al fin y al cabo tu partida fue una forma demencial de aprender a vivir. Y si aún hoy, en algún estante de tu repisa, en algún ático sucio y húmedo, en algún balcón oxidado y polvoriento, como al pasar te encontrás con mi imagen visitante, que a su paso deja una cierta brisa, descuida. Puede ser que todavía siga despuntando el vicio de soñarte como siempre te soñé y como nunca quise soñarte. Mía.

martes, 18 de octubre de 2016

Pasiones (Parte 2)

¿Cuantas veces se puede morir por amor? Si la lluvia moja y no lava la herida, si el viento sopla y no canta su melodía, si el desamparo llegó un invierno y colocó desidia en donde había prosperidad. Versátil forma de persuadir la alegría, yo caigo dentro de un grito seco y profundo, el amor se ve tan lejos, cada vez más pequeño. Como una foto desteñida del siglo pasado, y tu perfume omnipresente acompañando mi caída. Estás tan lejos que no puedo verte el aura, y si me acerco quizás no sea yo el que te mire. ¿Cuantas veces debo morir por amor? Si este grito seco y profundo no tiene final.

miércoles, 20 de enero de 2016

Pasiones (Parte 1)

Las pasiones no se olvidan
Ni se pierden, ni se gastan
No son alocadas fantasías juveniles
Ni maratones de deseos incalculables
Ni noches frías de inesperados desencuentros
Ni escaleras de la nada hacia el cielo
Son, por el contrario, manzas estaciones de tren
Dónde una muchacha deja caer un pañuelo en el suelo
Desbordado de llanto, quizás de furia
Y toma el viento ese pañuelo
Y lo hace propio, llevándose consigo
Todas las miserias, todos los temores
Para luego convertirse en el aire que esa muchacha
Ya cansada de ser
Respira en la tranquilidad de su habitación
Y al anochecer, luego de rezarle a su Dios
Y de añorar tiempos pasados que no fueron mejores
Decide gritar
Al viento
A los miedos que la celan
A los fantasmas y a las sombras
Que ya no quiere seguir penando y pidiendo
Por un momento que ya pasó
Un momento que dio vuelta la página
De un libro que aún no tiene final
Decide gritar, desconsolada
Escucha un vecino insomne
Y también los recolectores de basura
Se escucha hasta la esquina, o quizás un poco más
Quizás llegue a escucharse mucho más allá de la esquina
Quizás escuche hasta el alma, ese grito pelado de colapso emocional
Será por eso que la muchacha,
Sistemáticamente,
Deja caer todas las mañanas ese pañuelo en el anden
Y vuelve a añorar por la noche
Y a soñar mientras viaja
Sonreír al oler esa fragancia
O enloquecer al despertar
Porque su pasión radica en algo más
En lo intangible de su amor
En su inverosímil necesidad
En su utópico deseo
Ahí está su pasión
Ella no puede irse de allí
Sin tener que caminar por brasas ardientes
Al fin y al cabo
La pasión es eso
Un libro sin final
Un anden desolado
Una muchacha con los ojos color miel
Que espera el tren por la mañana
Y el amor por las noches.