Las pasiones no se olvidan
Ni se pierden, ni se gastan
No son alocadas fantasías juveniles
Ni maratones de deseos incalculables
Ni noches frías de inesperados desencuentros
Ni escaleras de la nada hacia el cielo
Son, por el contrario, manzas estaciones de tren
Dónde una muchacha deja caer un pañuelo en el suelo
Desbordado de llanto, quizás de furia
Y toma el viento ese pañuelo
Y lo hace propio, llevándose consigo
Todas las miserias, todos los temores
Para luego convertirse en el aire que esa muchacha
Ya cansada de ser
Respira en la tranquilidad de su habitación
Y al anochecer, luego de rezarle a su Dios
Y de añorar tiempos pasados que no fueron mejores
Decide gritar
Al viento
A los miedos que la celan
A los fantasmas y a las sombras
Que ya no quiere seguir penando y pidiendo
Por un momento que ya pasó
Un momento que dio vuelta la página
De un libro que aún no tiene final
Decide gritar, desconsolada
Escucha un vecino insomne
Y también los recolectores de basura
Se escucha hasta la esquina, o quizás un poco más
Quizás llegue a escucharse mucho más allá de la esquina
Quizás escuche hasta el alma, ese grito pelado de colapso emocional
Será por eso que la muchacha,
Sistemáticamente,
Deja caer todas las mañanas ese pañuelo en el anden
Y vuelve a añorar por la noche
Y a soñar mientras viaja
Sonreír al oler esa fragancia
O enloquecer al despertar
Porque su pasión radica en algo más
En lo intangible de su amor
En su inverosímil necesidad
En su utópico deseo
Ahí está su pasión
Ella no puede irse de allí
Sin tener que caminar por brasas ardientes
Al fin y al cabo
La pasión es eso
Un libro sin final
Un anden desolado
Una muchacha con los ojos color miel
Que espera el tren por la mañana
Y el amor por las noches.
miércoles, 20 de enero de 2016
Pasiones (Parte 1)
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