Un frío aterrador y una oscuridad invasiva. Mi silueta marca el único espacio distinto al resto. Acá me veo solo, peligrosamente solo. No hay policías, ni familiares, ni amigos, ni siquiera algún desconocido al que pedirle ayuda. Acá no hay nadie, solo yo. Tiemblo de miedo, al punto de querer despertar de una vez de la maldita pesadilla, jamás en mi vida había deseado con tantas ganas que suene el bendito despertador para avisarme que todo era fantasía. Escucho voces, primero son murmullos, pero luego de un tiempo se transforman en voces. Voces que reconozco y que me atormentan. Voces que no puedo dejar de escuchar y que de una u otra forma dicen puras verdades. De las que duelen, las que lastiman. Yo sigo temblando. No alcanzo a ver nada por más intentos que hago. El piso se siente muy frío, como todo el ambiente. Se me ocurre gritar y, para desgracia mía, no tengo voz. Y ahí es cuando la desesperación aparece. Empiezo a correr, en el ambiente no se ve nada pero yo sigo corriendo. Tomo velocidad y no pienso más que en seguir corriendo hasta que de repente choco contra una pared y caigo desplomado al piso. No entiendo nada. Quiero gritar y no consigo más que silencio, ya mi situación es agonizante. De pronto puedo vislumbrar a lo lejos una forma, era imposible todavía saber que era pero sabía que algo se aproximaba. Me quedo expectante esperando que aparezca. Y se acerca, y puedo ver lo que realmente era. Si hasta ahora mi relato era inverosímil, se termina de confirmar la poca veracidad del asunto al aparecer de la nada una mirada. Y era solo una mirada, no pertenecía a ningún rostro, ni a ningún cuadro, ni a ningún holograma. Era una mirada que me controlaba, fijamente, como estudiándome. Hundido en el peor miedo que haya sentido alguna vez corro una vez más en dirección contraria, pero no hay caso. A los pocos metros vuelvo a chocarme con otra pared. Y ya casi al borde de perder el conocimiento quedo tendido en el piso. La mirada seguía en su posición, expectante. Y ahora las voces vuelven a aparecer y más fuertes que nunca. Gritan mi nombre, como retándome. Me gritan lo que tengo que hacer, enumeran uno por uno mis errores y como tengo que remendarlos. Como si esas voces actuaran de la manera correcta. Me hacen enloquecer, sacan lo peor de mí. Un cóctel de furia, miedo e incertidumbre batía mi cabeza. Miro a esos ojos fijamente, como pidiéndoles ayuda. Por alguna razón que desconozco se que esos ojos que me atormentan, son al mismo tiempo los que me cuidan. Y no puedo yo seguir escondiéndome de ellos, debo enfrentarlos de una vez. Logro contenerme, dejo la bronca de lado. Ya no me interesa mi ira, ni tampoco mi miedo. No me interesa correr ni gritar, solo quiero salir de esta cárcel. Llego al fin a comprender que la única salida era enfrentar a los ojos, no huirles. Y entonces miro a los ojos de una forma distinta esta vez, viéndolos...De repente vuelvo en sí, me había tildado como por unos 6 o 7 segundos. Miro fijo a mi mujer, estaba esperando que hable. Tomo coraje y finalmente le digo: te engañe.
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