Como si fuera un elemento en particular y no algo que completa un entorno, la noche se tornó increíblemente azul. Y, como si fuera poco, la luz de la ciudad hacía crecer enormemente el grado de fascinación que entraba por mis pupilas, al ver a la luz de la luna ese rostro tan lleno de belleza mística e indescriptibles curvas. Por un momento sentí levitar mi alma, el cuerpo era otro elemento más en particular pero mi yo más profundo, ese que saca mis pensamientos más hondos, ya no estaba ahí. Se sintió muy lindo flotar entre las demás almas, mirar desde la perspectiva mejor el curso de las cosas. Escrutar como el viento revuelve historias en la calle, como el tiempo acomoda personas en donde más le place. Hasta que se hace la hora de dormir. Un sol temprano saca a relucir las indeseables miserias. Esas que se esconden tras el vidrio del vicio y el alcohol. Esas que se escurren entre los trapos húmedos de un viejo bodegón de San Telmo. Y relucen con más potencia que nunca, y queman. Realmente queman, el interior, lo más etéreo del ser. Carcomen muy lentamente el yo más profundo. Es el momento en que se cae de maduro la pregunta de ¿cómo apaciguo este infierno?, ¿dónde cicatrizo los rasguños?, ¿quién me salvará esta nueva noche de muerte?. Una paz suicida inunda el ambiente. El silencio tiene el filo del amanecer, y no duda en lastimar mi cuello.
Sin pensarlo un instante salgo corriendo, hacia la nada. Corro en una dirección que no estoy seguro, mi frente transpira pánico. Siento mis piernas muy pesadas, otra vez ese horrible momento en que me posee. Paro en una esquina, todavía no llega a ser de día. El sol no quiere dar a conocer a la ciudad completa. Me refugio en un callejón, de los que no tienen salida a la calle ni a la vida. Aquí huele a muerte, abandono y vicios. Me siento en la vereda y por fin puedo respirar con normalidad. El infierno se apaciguó con la aparición completa del sol, los rasguños no sanan como siempre. Y la muerte en persona es quien una vez más me rescata en su propia noche. En el interminable viaje al hogar, recuerdo haber visto un rostro. Bello, sin explicación ni descripción. Era un semblante por demás divino, y mis ojos lo vieron. Me pregunto que habrá pasado con aquella muchacha, de donde vendría, hacia donde dirigía sus pasos, quien era...
La mañana siguiente es como todas las demás mañanas siguientes desde hace años. Mi cuerpo no puede cargar solo con las secuelas de la noche azul. Mi mente, lejos de aquí. Me decido a bajar a comprar cigarrillos. En el camino mi mirada, que estaba anclada al piso, de repente se ve atraída por una luz incandescente que venía frente a mí. Era ese rostro, era la muchacha, era ese semblante perfecto, esa mirada de ternura y sublimación. Me mira fijo y en su mirada encuentro mil recuerdos, veo mi vida entera reflejada en el verde color de sus ojos. Pasa suavemente al lado mío, y me doy cuenta. Era la muerte.
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