miércoles, 1 de julio de 2015

Tangible utopía

Los pasitos van seguidos, de corrido, uno tras otro sin salirse de su guía. Apurados pero sin correr, sólo caminan rápido al compás de la exaltación de la gente, que camina al mismo ritmo para llegar a ninguna parte, pero cuanto antes. Ligero va ella, que decide cruzar sin mirar, no por apuro sino por abstracción. Cuando camina, al igual que cuando vive, va inmersa en su nube de pensamientos, lejos muy lejos de la realidad, esa que la hace sentirse normal cada tanto, cuando ficha en el trabajo o cuando termina Alicia en el País de las Maravillas, por enésima vez. En esta nube conviven sus miedos, sus alegrías, sus orgullos, sus decepciones, su introversión y su humor, su bondad y su carácter, sus penas, sus objetivos, su amor. Es muy difícil penetrar dicho espacio, lleva una restricción casi infranqueable para el que no tenga el aval de ingresar. Y no se gana con golosinas el pase, solamente entraría quien comparta su misterio, y no todos hemos nacido para tal desafío. Yo considero haberme ganado una entrada a su mundo, aún con el previo aviso de que era un pasaje de ida, y en el aprendo a desenvolverme cada día, como una nueva aventura que constantemente está a punto de empezar. No digo que sea fácil, pero es que siempre me gustó esa introspección que lleva a lugares infinitos en los que buceo, con el fin de conectar con su escencia.
Mientras camina va dejando a su paso la fragancia de ese perfume que la pinta de cuerpo entero; envuelta en un pañuelo de seda que le cubre el cuello y las cosas que mejor no dice, porque perderían la magia. Sus ojos, rutilantes entre la multitud tan gris, miran fijo hacia adelante, pero no ven que viene un hombre vestido de saco y corbata que lleva prisa pero no modales, y al chocarla se va gruñendo un insulto al aire, del que poco se hace cargo ella.
El clima hostil de Buenos Aires hizo que salga abrigada pero siempre coqueta, y los linyeras de viamonte enloquecen cuando pasa la morocha a la que todos los días declaran amor infinito, entre ropajes y frazadas, alcoholes y heridas, olores y sueños. Ella decididamente camina derecho, tiene a donde ir, pero no tiene ganas. Siente un resquemor al llegar al trabajo, un poco por la rutina otro poco por la vida. Sin embargo, su semblante siempre invita a beber de esa luz que emana cuando sonríe y se le ve la belleza salir por los poros.
Vive sencillamente, no necesita el lujo para comprar la felicidad. Ella bien sabe que se ve con el alma y se toca con el corazón, aunque acá esté yo siempre tratando de tocarla con las palabras. Y en ellas encuentro a veces un canal para contarle todo lo que sucede cuando estamos juntos y todo lo otro que sucede cuando no estamos, aunque lamentablemente aún no hayan nacido aquellas palabras que describan un beso, un abrazo o una mirada. Y para colmo ella me dice "sos una palabra que todavía no se inventó", y yo quedo pensando en todas las horas que gasté en escribir estrofas y párrafos y que me acaban de resumir todo mi sentir en una expresión, como al pasar.
¿Será la mujer más guapa que he visto en mi vida? No lo se, aunque como Sabina podría jurar que es más guapa que cualquiera. Y que cualquiera podría encantarse con esa muchachita, menuda, de adorables formas y delicadas terminaciones como filigranas de oro y plata. Y ¿porque no hacerlo?, si su presencia es ritual de preciosidad espiritual, tan mística como simple, tan auténtica como romántica, tan tranquila como severa, tan artística, tan puntual, tan ausente, tan persistente, tan onírica y real...

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