martes, 13 de agosto de 2013

Renacimiento

Como en un auténtico carnaval de las heridas, de esos que se festejan día y noche durante un tiempo prolongado, mi pecho acobijaba las secuelas de una guerra que no se terminaba. Estaba con la frente en alto, mirando eso que está un paso más allá del punto de fuga. Pero así no podía ser, de esa manera nada se podía apreciar. No con esa carga. Decidí entonces reflexionar sobre mi karma, aquel que no me dejaba tranquilo hace ya un tiempo largo. Pero me encontré antes de empezar que tal cosa no existía como yo la imaginaba. No se trataba de un karma del destino, sino de un karma interno. Muy interno. Rápidamente me dí cuenta que no era fácil formar una opinión al respecto, pues requería de horas de intenso debate con mi mayor competidor, yo. Agotadores días pensando de donde venía aquello que me encadenaba al vacío espiritual, que no me dejaba avanzar hacia mis metas. Fue tanta la búsqueda interna, las peleas conmigo mismo, los cristales rotos de una impotencia de madrugada que decidí cortar por lo sano. Decidí enfrentar mi destino, si es que había uno para mí. Y salí a la calle en busca de respuestas, inunde varias noches de mi vida en alcohol y excesos (de esos que la gente normal mira de reojo). Consulte con el sol muchas preguntas que se alojaban en mi, y que no tenían respuesta. Pero decidí  cortar por lo sano, sanar de una vez esa vieja herida. Y fui a las fuentes, a donde sabía que iba a encontrar la respuesta. Fue el viaje más duro de mi vida, sorteando obstáculos que yo mismo puse en su momento, desmitificando mis propios mitos, haciendo a un lado los sentimientos...descubriéndome.
Un rayo de sol pegaba en mi cara esa mañana, me invitaba a despertar. Estaba en el cordón de una vereda de valla a saber donde. Un borracho me hizo entrar en razón de que había tenido una noche para el olvido. Volví a casa como pude. Esa noche intenté dormir como todas las otras noches, pero algo había cambiado. Ya no había intranquilidad, ya no existía esa voz en mi conciencia que me invitaba a seguirla. De repente habían desaparecido las ganas de volver al pasado, a lo que había marcado mi alma con fuego. Había mucha paz en mi interior, una paz imposible de explicar. En lo extenso (y efímero al mismo tiempo) de una noche, había podido expulsar de mi interior aquello que durante mucho tiempo me atormentaba y no me dejaba ser. Y como por arte de magia en su lugar se poso una figura extraña, de rasgos hermosos, que me llamaba con una cálida voz. Sin explicación alguna me llevaba a su espacio del que brotaba una energía más que especial, diferente. Y yo, que estaba más confundido que al principio ante semejante acto divino, caí en la cuenta de que la felicidad se busca y el destino se construye. Pude entender que en lo más profundo de mi ser se encontraba la respuesta a mi pregunta, a mi intranquilidad...

 A partir de ese momento y para siempre comprendí que el amor simplemente es parte de la vida, y que uno deja de ser cuando le apresan los sentimientos.

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